DANTE
Italia no me recibió con flores, sino con lluvia. Como debía ser. En Nápoles, el cielo no perdona ni a los santos ni a los bastardos. Y yo había dejado de ser lo primero hace tiempo. La villa se alzaba como una herida vieja, cerrada en falso. Las paredes olían a humedad, a sangre seca y a decisiones mal tomadas. Me gustaba. Era hogar.
Verona había viajado unos días antes para prepararlo todo. Ivy, por supuesto, había llegado conmigo. No me dejaba respirar, y en cierta forma, tampoco querí