ZOE
Había una silla tapizada en lino blanco. Una lámpara cálida colgando del techo, como si la luz pudiera abrazar. Y ese silencio incómodo que habita los lugares donde se espera que una persona se rompa. La oficina olía a lavanda. Suave. Falsa. Como todo lo demás.
Me senté sin preguntar. No tenía preguntas. O tal vez las tenía, pero las palabras se habían vuelto espinas en mi lengua. Frente a mí, el terapeuta de Ethan —el doctor Maurice Leclerc, según decía la placa sobre su escritorio de made