ZOE
El frío ya no me afecta. Ni el silencio. Ni las agujas. Lo que me rompe es otra cosa. Es esa voz.
—¿Recuerdas tu nombre? —pregunta el Doctor Rojo, con la calma de un cirujano que disfruta de la disección, no del cuerpo… sino del alma.
Lo observo. Está de pie frente a mí con una serenidad que hiela la piel. Lleva un traje gris oscuro, inmaculado, sin una arruga. Ni una mota de polvo. Como si el caos del mundo no pudiera tocarlo. La bata blanca que usa encima está perfectamente planchada, sin