DANTE
Yo no grité. No al principio. Cuando las puertas se cerraron y la vi caer, cuando el gas blanco la envolvió como un velo fúnebre, algo dentro de mí se rompió. No fue miedo. Fue algo peor. Furia sin dirección. Dolor sin escapatoria. Silencio con dinamita en cada vértebra.
Golpeé el cristal.
Una. Dos. Diez veces.
Hasta que la sangre de mis nudillos cubrió el vidrio como una firma.
—¡ZOE! ¡NO TE DUERMAS, CARAJO! ¡NO TE DUERMAS!
Pero ya estaba perdiéndola. Como humo. Como luz entre barrote