Por primera vez, entendí lo que significaba el odio verdadero. No hacia Derek. No hacia mi madre. Sino hacia la mentira que me moldeó. La que se tatuó en mi piel como si fuera herencia. La que llevé como una segunda alma. Silenciosa. Venenosa.
No quería morir. No quería rendirme. No quería ser la “clave”.
Quería vivir. Libre. Rota. Furiosa. Pero mía.
Derek hablaba aún. Su voz grave y limpia resonaba como una misa oscura desde los altavoces.
—Entiéndelo, Zoe. Esto no es una decisión moral. Es