LEONARDO
Y ahí estamos, frente a frente.
El aire entre Henry y yo es tan espeso que parece a punto de quebrarse, como si bastara un movimiento en falso para que todo estalle. Sus ojos, oscuros y cargados de soberbia, me sostienen con esa frialdad calculada que tiene un hombre que cree haber ganado antes de empezar. Esa calma fingida no es más que un disfraz; lo sé porque debajo late la misma rabia que me quema por dentro.
Yo, en cambio, no me muevo. Me planto firme, los hombros rectos, la mirad