La mañana siguiente fue un ejercicio de contención absoluta. El aire en la suite se sentía cargado, denso, como si las paredes mismas estuvieran absorbiendo la tensión de mi conversación con aquella sombra llamada Ross la noche anterior. Charlotte despertó con el sol golpeando su rostro, desorientada pero con esa dulzura que lograba desarmar mis defensas. Me miró y su primera reacción fue una sonrisa, pero al instante, su expresión se tornó sombría, cargada de una nostalgia que me encogió el al