El tiempo en la mansión se había convertido en un fluido viscoso, algo que se estiraba y encogía a su antojo, atrapándonos en un presente perpetuo donde el pasado no era más que un eco constante y doloroso. Habían pasado semanas desde aquella noche en el salón, desde que Ross, con su crueldad característica y su dolor desnudo, nos arrojó la verdad sobre los mellizos y el hijo desaparecido de Parker.
Desde entonces, la dinámica había mutado. Parker, el hombre que antes controlaba cada pulgada de