La luz de la mañana en Londres se filtraba por las rendijas de las cortinas, creando un patrón de polvo danzante sobre la piel de Charlotte. Me desperté antes que ella, observándola. Dormía con una vulnerabilidad que me destrozaba; parecía tan joven, tan ajena a la tormenta que Parker Kensington había desatado en su mente. Estaba ahí, respirando con una cadencia suave, ajena a los secretos de sus propias lagunas mentales.
Cuando sus ojos finalmente se abrieron, no hubo rastro del terror de la n