El cristal del ventanal de mi oficina no era suficiente para contener la rabia que bullía en mi interior. Hacía horas que había regresado de una de esas cacerías sin fin, de esas jornadas estériles donde lo único que encontraba era la confirmación de mi propio fracaso. Mi hijo seguía siendo un fantasma, una variable sin resolver en una ecuación que se volvía más compleja con cada día que pasaba. Y ahí estaba ella, sentada frente a mí, con esa mirada que oscilaba entre el terror infantil y una r