La quietud en la estancia era absoluta, casi sepulcral. Me encontraba en la penumbra del salón, de pie junto a uno de los ventanales que daban hacia los jardines traseros, observando cómo la luz de la luna bañaba los muebles de roble. La mansión, que siempre había sido un monumento a mi éxito y mi control, ahora me parecía una prisión de cristal.
En el suelo, apoyado contra la base del sofá de terciopelo, estaba James. La luz azulada de la pantalla de su computadora portátil iluminaba su rostro