El despertar no fue gradual. No hubo esa transición perezosa entre el sueño y la conciencia que suelo experimentar en las mañanas de mi vida anterior, donde el sonido de un despertador marcaba el fin de un descanso que nunca sentí realmente reparador. Esta vez, la realidad me alcanzó como un golpe eléctrico, una sacudida de placer tan cruda y directa que mi cuerpo respondió antes de que mi mente pudiera procesar dónde estaba.Sentí una humedad cálida y rítmica contra mi intimidad, un lenguaje de lengua y labios que conocía mi cuerpo mejor que yo misma. Un jadeo se escapó de mis labios, un sonido que no reconocí como mío, pero que nació de una necesidad que llevaba años dormida. James estaba allí, entre mis piernas, dedicándose a mí con una devoción que rozaba lo sagrado. Sus manos, grandes y firmes, se habían hundido en mis muslos, anclándome contra las sábanas mientras su lengua trazaba caminos, presionando en los puntos exactos donde el placer se transformaba en una urgencia incontro
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