El aire en el despacho de los Kensington era tan denso que parecía sólido. Mi mano reposaba sobre la empuñadura de la puerta, pero mis ojos no se apartaban de la figura que tenía frente a mí. Charlotte estaba de pie, inamovible, frente a su padre. El hombre, cuya sola mención había sido durante años sinónimo de terror y cadenas, ahora parecía un animal acorralado en su propia arrogancia. Pero no era el miedo lo que emanaba de Charlotte; era una calma gélida, una determinación que nunca antes ha