El aire de Londres tenía un sabor metálico, una mezcla de lluvia antigua y la urgencia que me quemaba las entrañas. Caminé por los pasillos alfombrados del hotel con una determinación que, en cualquier otro contexto, habría parecido una locura. No me importaba la seguridad, ni los riesgos, ni la sombra perpetua que los Kensington proyectaban sobre todo lo que tocaban. Solo necesitaba verla.
Cuando llegué a la suite, mis nudillos apenas rozaron la madera antes de que la puerta se abriera. Al ver