El suave roce del cuero contra mis dedos al cerrar el libro me devolvió al presente, al silencio apacible de la biblioteca donde la luz de la tarde se filtraba con un tono dorado, casi irreal. Dejé el ejemplar sobre la mesa, con su portada personalizada, esa en la que Ross y Charlotte habían plasmado tanto de nuestra existencia: las pesadillas, la tortura psicológica, el juego de poder, y finalmente, la rendición. Una mezcla de ficción y realidad que servía como el testamento de un infierno que