El trayecto de regreso a la mansión Kensington fue una bruma densa de pensamientos fragmentados. Londres, con su elegancia fría y sus secretos empedrados, se quedó atrás, pero el peso de las revelaciones de James y mi propia confusión viajaban conmigo en el asiento trasero del coche. ¿Qué me estaba pasando? ¿Quién era yo cuando las sombras se apoderaban de mis horas? Cada kilómetro que me acercaba a casa era un paso hacia una realidad que, de repente, se sentía como un escenario de teatro donde