El sol apenas se filtraba por las cortinas pesadas de nuestra habitación en la mansión, pero el calor que emanaba de la cama no tenía nada que ver con el amanecer. Me desperté con un espasmo de placer puro, sintiendo una presión familiar y un ritmo que me reclamaba con una urgencia que no admitía dilaciones. Abrí los ojos para encontrarme con una visión que, durante tres años, había sido mi mayor fuente de tormento y mi única redención.
Estaba sobre mí, moviéndose con una cadencia que conocía t