La ciudad de Londres, con sus luces parpadeantes reflejándose sobre el Támesis, parecía el escenario perfecto para un sueño del que me negaba a despertar. Habíamos pasado la tarde caminando sin rumbo, perdiéndonos en la inmensidad de la capital inglesa. Charlotte, o la mujer que yo creía tener a mi lado, se mostraba radiante. Había una ligereza en sus pasos que nunca antes le había visto, una ausencia de aquel peso invisible que solía encorvar sus hombros en la mansión Kensington.
La llevé a un