.3.

Después de Ryo, ya no pude tener nada, pese a que en ese momento una chispa de ira me invadió y pensé en lo útil que sería. Seguro que con lo degenerado que era, estaría complacido de dejarme seca y renovada. Quizá si un hombre se amamantaba de mis pechos hasta dejarme sin nada, podría descansar al fin.

Sacudí la cabeza y me senté en la cama, exhausta, todavía con las molestias anteriores, pero no tenía tiempo de nada, no podía quedarme dormida sin buscar otro trabajo, ya que no pensaba volver a ver al señor Fish.

Gruñí con la opresión en el pecho creciendo, succionándome en un agujero negro.

¿Y sí no conseguía nada para mañana? Porque con los gastos que tenía, no podía dejar de trabajar ni un solo día, ni siquiera podía darme el lujo de tener días libres. Cada semana que tuve de vacaciones obligatorias, me las arreglé para tomar un trabajo temporal para ese entonces.

Saqué mi viejo móvil del bolso y con el internet que agarraba de la cafetería del primer piso del edificio, que por suerte llegaba hasta el segundo, pude entrar a la página de empleos y surfear por la cantidad de trabajos a los que no podía optar, no solo por no tener el grado académico exigido, sino también porque no tenía experiencia en ello.

Las gotas de leche siguieron cayendo, manchando la falda del trabajo como mesera, creando un riachuelo por mi torso desnudo que, en ese momento, no me importó, solo quería buscar un nuevo empleo.

Pasé más de una hora de una oferta laboral a otra, nada que pagara tan bien como ser dependienta en la tienda de electrodomésticos. Había alguno parecido al que envié solicitud con el currículo digital que maquillé un poco para hacer más llamativa mi propuesta, sin embargo, supe que sería difícil que me contrataran con rapidez.

El ardor en los ojos volvió, los pinchazos en los globos oculares se hicieron más punzantes, la sensación de ahogo aplastó mi pecho y el aire se atoró dentro de mis pulmones.

―Por favor, no quiero volver a trabajar para el señor Fish ―rogué esperando que cualquier deidad me respondiera.

El sonido de una notificación me hizo regresar mis ojos llorosos a la pantalla del móvil.

Desplegué las notificaciones, puesto que solo pude ver el coletazo de la que llegó; era un correo electrónico nuevo.

Tragué saliva al leer por encima y, sin esperar ni un segundo más, entré al correo. Me mordí el pulgar con nerviosismo, con la garganta cerrada y el corazón latiendo con fuerza dentro de mi cuerpo, creando un eco particular por toda mi anatomía.

Respiré profundo en los segundos que se tardó el internet en abrir el correo.

Mis ojos leyeron con rapidez, saltándome las formalidades que en ese momento no me importaron, solo necesitaba llegar a la parte en donde el correo anunciaba que me estaban ofreciendo un trabajo.

El ceño se me frunció al leer lo que tanto necesitaba, al saber de qué trataba el trabajo. Sacudí la cabeza y volví a pasar los ojos por aquellas palabras.

―¿Nodriza? ―me pregunté extrañada e interesada, sin lograr comprender del todo lo que esas cuantas líneas decían.

Me relamí los labios y, por tercera vez, en esa ocasión, con calma, leí el correo de principio a fin, con un nudo en el estómago del tamaño de Madrid o peor…, de Rusia.

No estaba segura, sin embargo, por lo que pude entender, la misma empresa que era dueña de la farmacéutica se enteró del efecto «colateral» que ocasionó el medicamento en mi sistema y me estaban ofreciendo un trabajo como Nodriza. Sería un trabajo a tiempo total, en el que tendría que cuidar al… ¿bebé? No especificaba muy bien a quién, pero no podía ser otra cosa que un bebé, y amamantarlo a demanda… Sí, lo de demanda lo decía en una aclaratoria, en donde explicaba que mis funciones serían las de cuidar y atender, amamantándolo a demanda, siguiendo las ordenes que se me especificarían al día siguiente al acudir a la entrevista formal de trabajo.

Tuve que parpadear varias veces antes de comprender un poco mejor lo que decía el correo.

Me mordí el labio y, tras pensarlo un poco, decidí buscar en la web sobre el trabajo de una nodriza y demás términos que se volvieron un poco confusos en era instante, no porque no los entendiera por completo, sino porque mi cerebro parecía estar en una niebla extraña que me aletargó.

No… no entendí cómo llegó hasta mi correo electrónico aquel mensaje, podía intuirlo, no se necesitaba ser muy listo, sin embargo, era… extraño, como menos.

Sí, era obvio que los resultados del estudio llegaron a las manos de la persona que me quería contratar y al saber que alguien podía cuidar del bebé que tenía, al saber que la leche materna es lo mejor para alimentar a un bebé…, era lógico que quisiera encargar a una mujer lactante del trabajo, en especial teniendo mi historial médico donde anunciaba que no tenía ningún problema de salud, que no me drogaba, que estaba muy saludable. Pese a ello, una sensación extraña me recorrió de pies a cabeza, tensándome.

Las webs que encontré sobre el tema me pusieron el vello como escarpia. No es que hubiera mucha información, incluso aparecían artículos de otras cosas, pero lo poco que vi, parecía un trabajo encaminado a cubrir las necesidades de un bebé cuya madre biológica no podía amamantarlo o, por el contrario, no podía hacerlo porque no existía, fuera por muerte o porque el bebé era hijo de una pareja homosexual, como leí que pasaba en ciertos casos. Sin embargo, hubo algo que me llamó la atención, una noticia que me hizo tambalearme ante un escalofrío que heló mi columna vertebral. La noticia apareció casi sin que la buscara, pero una de las palabras que inserté en el buscador me llevó hasta ella. En la web aparecía, con un título llamativo, la información sobre un «local» en japón donde las personas podían consumir leche humana, fuera en recipientes o directo de las mujeres que la ofrecían.

Mis ojos se abrieron, no pude evitar que mis pestañas tocaran las cejas. No podía imaginar por completo aquella forma de negocio, pese a que la idea de un lugar clandestino, un local parecido a los prostíbulos, pasó por mi mente.

Tragué saliva y me relamí los labios.

Mi cabeza entretejió un entramado hilo de pensamientos que se convirtieron en imágenes cada una diferente. Me imaginé alimentando a golosos japoneses que querían succionarme los pechos con deseo, nutriéndose de mi cuerpo con fruición, gimiendo con cada chorro de caliente néctar que saldría expedido de mis tetas grandes y turgentes, rellenas de leche.

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