.2.

El señor Fish era un tipo de estatura promedio, un poco barrigón, con una barba que no cuidaba muy bien y unos ojos pequeños, además, era muy pervertido… Él fue el primero en saber que estaba lactando. Como siempre, me llamó para pedirme una nimiedad, en realidad, lo hacía porque le gustaba ver mi cuerpo en aquel vestuario ridículo que usábamos las dependientas: falda cortísima arriba de la mitad de los muslos, marcando el culo, camisa de botones, blanca y ajustada, fajada para «mostrar» pulcritud. Era día, sus ojos se quedaron quietos en mis pechos, y su voz se fue apagando. Al bajar las pupilas hacia donde estaba mirando, creyendo que tal vez tenía una mancha en la ropa, lo que me encontré fueron dos puntos pequeños que coronaban encima de mis pezones apenas contenidos por un sostén que me quedaba ya muy pequeño. Me cubrí y pedí permiso para ir al baño y, sin esperar respuesta, corrí hacia el sanitario de los empleados donde, con horror, vislumbré más gotitas de leche saliendo de mis pezones. Me lavé y limpié lo mejor que pude, sin saber qué me estaba pasando ni cómo iba a solucionar el inconveniente. Y, así como otras veces, me puse papel higiénico para contener las lágrimas blancas que manaron de mis perlas rosadas.

Pese a lo que los médicos del experimento dijeron, no tuve ningún indicio de galactorrea antes de era incidente, no hubo gotas previas, la leche solo… comenzó a salir de la nada, y con los días, salió más y más, hasta que me fue necesario poner más papel y cambiarlo seguido.

No obstante, lo peor fue el acoso del gerente, que luego del incidente no dejó de verme los pechos con total descaro, y cada vez que me miraba el escote sonreía como un degenerado.

Y el acoso escaló y escaló, hasta que ese día, antes de salir del trabajo me llamó a su oficina y cuando me acorraló dentro, cerrando la puerta con llave, trató de desnudarme y decirme que yo lo había pedido.

Salí de la oficina alterada, corrí por la tienda de electrodomésticos sin detenerme, pese a que una compañera de trabajo me llamó. Corrí y corrí hasta que me detuve al llegar al parque, donde me quedé casi en blanco durante unos minutos, en los que mis ojos no se enfocaron en nada y mi mente no logró funcionar.

Sí, el señor Fish trató de violarme…

Sus labios buscando los míos, sus manos como las de un pulpo. Un gemido entrecortado salió de lo más hondo de mi alma, y… entonces, sentada en el parque, sin poder creer lo que acababa de suceder, antes de poder derramar una sola lágrima, antes de que la vorágine de lo sucedido me corroyera desde adentro, el móvil sonó, advirtiéndome que iba tarde para mi próximo trabajo.

En automático, corrí de regreso a la tienda, por suerte, mi compañera de trabajo me esperaba con mi bolso y pude llegar solo un poco tarde a mi empleo como mesera, donde me regañaron por llegar desarreglada y quince minutos tarde.

Sonreír para los clientes fue resquebrajando mi alma, y cuando regresé a casa, con los pies ampollados, con el cuerpo tembloroso porque solo logré comer un poco en la cena, algunas sobras de la cocina que uno de los chefs me dio sin que viera la jefa, pensé lo que nunca quise si quiera pensar: quise que León muriese, que ya ni siquiera el respirador lo ayudara, que todo acabara, que al fin pudiera respirar tranquila, sin ir de un lugar a otro, sin tener que conseguir otro nuevo empleo. Desde el intento de violación, no dejaba de pensar lo mismo, de darle vueltas a ese «sueño» que en realidad era una pesadilla.

Ya no soportaba más, no podía con tanto sobre mis hombros, y si perdía el trabajo como dependienta… no sabía cómo iba a hacer. No tenía a nadie a quien acudir, hacía mucho tiempo que mis familiares se desentendieron de nosotros, desde que me quedé sin nada que vender, no tuve ayuda y, para colmo, mis pechos seguían y seguían lactando. Ni siquiera podía pagar el tratamiento ni ir al doctor. Los de la farmacéutica dijeron que se me quitaría si no me la sacaba, que así es como funcionaba la lactancia que, sin medicamento ni estimulación… Pero todo fue una mentira, llevaba más de dos semanas con el malestar, dos largas semanas en las que tenía que ingeniármelas para cubrir las manchas, para limpiarme cuando era necesario, para drenar la leche cuando el dolor era fuerte y tenía que tocarme para aliviar la sensación.

Gemí al apretarme los pezones, resentida con mi cuerpo.

Antes ni siquiera estaba disgustada con mis curvas femeninas, curvas extravagantes para la mezcla de razas que era. Al ser hija de una japonesa y de un «caucásico», mis rasgos fueron un poco… interesantes, como menos. Con los ojos rasgados, oscuros, con pestañas largas y rizadas que le daban a mi mirada un toque gatuno y salvaje, el cabello lacio y negro, mi rostro pequeño con forma de corazón, con la nariz respingada y los labios rosados, pequeños y mullidos.

A simple vista, parecía una japonesa, incluso tenía un tono de piel bastante pálido, casi sin rojeces, pera a que cuando me embriagaba o me excitaba de alguna manera ―sexual o no― me coloraba como colegiala nerviosa. El problema era del cuello para abajo, donde la genética caucásica se combinó con la mestiza que debía tener papá y me dio un cuerpo lleno de curvas, con unas piernas bien torneadas y un poco gruesas que solo se equilibraban gracias a que era una mujer con una estatura por encima del promedio, pese a que no se me podía considerar alta, tenía unas caderas redondas y prominentes, así como un culo respingón que competía con mis senos redondos y grandes, pese a que mi cintura era bastante pequeña, así como mis hombros.

Era un cuerpo considerado más de latinas que de japonesas, y muchos hombres se interesaban en la mezcla que era, de hecho, a Ryo, un japones de pura cepa, le encantaban mis tetas ―para aquel entonces― ya grandes, le gustaba jugar con ellas, lamerlas, succionarme los pezones, le encantaba que le hiciera una rusa, juntando mis dos montículos y apresando su pene de tamaño normal entre mis pechos.

Pero claro, Ryo no soportó que tuviera más obligaciones, que ya no pudiera poner tanta atención a nuestra relación, no soportó que, cuando me llamaba para tener sexo, yo no estuviera dispuesta, y lo entendí, solo me quería como una muñequita sexual.

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