.6.

Sonrió y se relamió los labios, divertido por mi reacción un poco exaltada.

Se levantó y se acercó al escritorio, tomando con la mano unos papeles que no tardó en poner frente a mí, junto a un bolígrafo, antes de volverse a sentar con una pose relajada. Su mano hizo un gesto para indicarme que revisara los papeles.

Carraspeé, me incliné sobre la mesa y leí por encima, sin desear saber mucho de la cuestión, saltándome, como siempre hacía, las formalidades de los contratos, solo vi por encima mi nombre y mis datos, hasta llegar a lo importante, es decir, las obligaciones que contraía al firmar el contrato que, básicamente se reducía a comprometerme a no divulgar lo que en adelante se me diría, lo que vería e, incluso, me comprometía a no hablar de la mansión, entre otros pormenores.

No pude evitarlo, mi cabeza se ladeó, mis ojos se abrieron ante el asombro de los detalles que no debían ser divulgados de ese encuentro.

Me rasqué el antebrazo y me acomodé un mechón de cabello que se soltó del moño con el que me lo até, un peinado que casi nunca me duraba lo suficiente gracias a que tenía el cabello muy lacio.

Suspiré, sacando todo el aire. Me mordí el labio, pero no dejé que la indecisión y el mal presentimiento me embargara, tomé el bolígrafo y firmé el acuerdo.

―Excelente ―aplaudió el señor Lars, agarrando el contrato con rapidez, soltándolo a su lado―. Ahora, señorita, permítame hablarle con seriedad ―indicó más formal, poniendo su espalda contra el sillón, con el gesto pétreo que me erizó la piel.

«Aquí hay gato encerrado» ―pensé, pero no iba a echarme para atrás, ¡No, señor! El cielo sabía cuánto necesitaba aquel trabajo.

―Verá, sus verdaderas funciones son de cuidar y, por supuesto, amamantar con su leche, al amo Caine. ―Hizo una pausa, en la que mi confusión se reflejó en mi gesto. Él me dio tiempo para asimilar la información, pese a que no entendí ni la forma de llamar al bebé ni porqué me estaba observando de esa manera tan intensa―. El amo Caine es el dueño de todo lo que ha visto hasta este momento. A él le pertenece la mansión, la oficina, la sociedad y las empresas que se derivan de esta, una de las cuales es la farmacéutica en la que usted sirvió para probar el medicamento que la llevó a tener su condición ―afirmó con gravedad, como si le debiera un respeto reverencial a su amo.

«Amo» ―aquella extraña forma de llamarle me hizo dudar de mis sospechas.

―No es un bebé, ¿verdad? ―pregunté para estar segura, un poco descompuesta ante la idea de dejar que un hombre viejo succionara mis pechos y se alimentara de mi cuerpo con lascivia.

Casi pude ver a un anciano con la piel arrugada y llena de manchas chupando mi leche directo del pezón, morboso, como esos «viejos verdes» que uno se encuentra en la calle, que salivan y se relamen con avaricia, repasando los cuerpos jóvenes.

Tragué saliva, descorazonada, pese a que me dije que era mejor eso que otros trabajos…

―Hace unos meses, el amo Caine sufrió un accidente en su motocicleta que…

«¿Motocicleta?» ―pensé, perturbada, deteniendo mi imaginación, pero no quise hablar.

―… que lo debilitó de sus piernas. Ahora tiene una dificultad para caminar en la que está trabajando para volver a la normalidad. Por suerte, es un joven muy dedicado y está empeñado en resolver…

«¿Joven?» ―me cuestioné más anonadada, sin saber cómo sentirme con la nueva información.

―…pero, para ello, le es necesario su ayuda… ―siguió diciendo.

―Perdone, pero no lo comprendo ―lo corté sin poder detener mi cerebro y las ideas que lo rodeaban. El señor Lars alzó una ceja y me pidió una aclaratoria para responder mis cuestionamientos. Me aclaré la garganta y respiré para darme valor―. Acaso he entendido mal…, pero… ¿me está diciendo que tengo que amamantar a un hombre sano con un problema

en las piernas a causa de un accidente, pero que, fuera de eso…

El señor Lars se rio, enredándome más.

―Señorita, el amo Caine no la quiere solo como su nodriza… ―acotó divertido, admirando mi reacción perpleja.

El corazón se me detuvo, más confundida que antes.

Pestañeé sin poder entrecerrar la boca.

―El amo Caine la quiere a usted, en su cama, como… ya sabe… ―indicó con sutileza, haciendo un gesto con la mano para recorrer mi cuerpo―. Digamos que sus servicios serían los de una enfermera especial que calmarían los deseos… impúdicos del amo Caine, lo que, por supuesto, implica darle a comer de sus pechos lactantes ―concluyó con un gesto amable que solo me hizo sentir más tensa, porque al fin sabía para lo que me contrataron.

Después de explicarme los pormenores de mi trabajo, cuestión que tardó unos minutos más en los que mis oídos pitaron y las palabras del señor Lars calaron en mi cerebro aletargado, él recibió una llamada, dejándome esos minutos para que pensara acerca de la propuesta.

Mis ojos otearon el lugar sin hacerlo, no pude distinguir ni el color de la madera, todo estaba borroso, mi respiración era superflua y estaba segura de que el pitido en los oídos provenía de mi corazón.

Me relamí los labios, sintiéndolos secos.

El amo Caine…, el hombre al que debía darle de comer de mis pechos colmados de leche… era un hombre sano, bueno, tan sano como puede estar alguien que ha perdido la movilidad casi total de sus piernas, sin embargo, eso no era suficiente para que el necesitara mi leche, y no solo eran mis pechos lo que quería.

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