.4.

Respiré entrecortado y una de mis manos se fue a mi seno, apretándolo con cuidado, haciendo que el riachuelo que bajaba por mi torso aumentara de caudal, engrosando el hilo de leche.

Jadeé, cerrando los ojos por un instante en el que me permití disfrutar de una sensación que hacía mucho no apreciaba. Hacía tanto tiempo no me sentía excitada, que hasta pensé que me estaba volviendo araxual, no obstante, ahí estaba el cosquilleo en mi sexo, el calor en mi piel, los latidos erráticos que presagiaban el orgasmo.

Estaba tan necesitada de ponerle atención a mi cuerpo, que no me di cuenta de cuánto me estaba gustando aquella fantasía absurda.

Resoplé y me solté el pecho.

Sacudí la cabeza, y volví al correo, revisándolo por última vez para asegurarme que no fuera una creación de mi cerebro abrumado.

Pasé los dedos por la dirección a la que se me pedía acudir y solté el aire que ni siquiera supe que estaba reteniendo.

¿Iría?

Preparada para llamar a la puerta, me arreglé la falda de lápiz, gris, hasta la rodilla. Una de las pocas prendas que me quedaban de mis años de estudiante. Era una suerte que no hubiera rebajado debido a que el consumo de comida que realizaba era rico en grasas, todo gracias a que la mayoría venía del restaurante en el que laboraba. Me puse una de mis mejores blusas en color crema que no contrastaba con mi piel clara, pero que me daba un toque refinado y pulcro. Además, me peiné y maquillé para la ocasión.

Tras tomar dos largas bocanadas de aire, me armé de valor para tocar el timbre de la mansión en la que tenía la entrevista.

La cámara que apuntaba a las afueras del portón se giró con un sonido muy particular y me enfocó. Tras unos segundos que se me antojaron eternos, la puerta se abrió con un chasquido y entré sin que nadie me lo dijese, confiando en que aquel gesto indicaba que estaba en la dirección correcta.

Mis ojos se abrieron al apreciar la magnitud del jardín delantero. Si bien desde afuera me pareció una mansión en todo el uso de la palabra, con su portón grande, alto y fuerte, hecho de madera sólida que no dejaba ver hacia el interior, rodeado de un muro perimetral de rocas aplanadas, por dentro, la estampa era todavía más impresionante.

Un camino de rocas, como las del muro, pero en tonos más oscuros, me indicó el camino a recorrer. A los lados, el césped marcaba dos grandes parajes en donde el verdor lo cubría todo, con grandes árboles de diferentes claras, desde frutales hasta ornamentales, algunos más altos que otros, proveyendo de suficiente sombra, y sus raíces estaban decoradas por arbustos y plantas de diferentes estilos, algunas con flores muy bonitas que resaltaban el toque mágico de alrededor.

La casa parecía alargarse unos metros hasta llegar a la gran fachada en donde un edificio de estilo colonial de dos pisos me recibió, con una enorme terraza al frente que se afianzaba con dos pilares que, a su vez, servían para crear el pórtico, por el que se subía por unas gradas de lustroso piso que no supe precisar si era mármol o algún material carísimo que ante la mínima suciedad se rallaba.

Antes de llegar al límite del pórtico, un hombre mayor, como de unos setenta años, salió a recibirme. Iba vestido con un traje oscuro hecho a la medida, con una pajarita tan negra como la chaqueta y unos guantes blancos que hacían juego con la camisa pulcra y bien fajada.

Tragué saliva y los nervios que desde antes tenía y que hicieron latir con más fuerza mi corazón, salieron por completo a la superficie, humedeciendo mis manos.

―Señorita Salas ―saludó e hizo una reverencia pequeña.

Lo imité pera a que no pude decir ni una sola palabra, tan abrumada con las circunstancias que no pude abrir la boca, que se me cerró a cal y canto.

Un nudo en la garganta atenazó mi respiración y me hizo sonreír con el rictus petrificado.

―Adelante, por favor. El señor Lars la espera en la oficina ―anunció cediéndome el paso para entrar en la casa.

―Gr-gracias ―logré decir, tartamuda, con la boca seca y la espalda tan recta que me dolieron los omóplatos del esfuerzo, sin embargo, sentí la necesidad de hacerme ver más formal, más alta, pese a que el hombre era pequeño.

El que supuse que era el mayordomo me condujo por la casa, girando hacia la derecha, por un pasillo bastante oscuro, cuyas paredes blancas estaban sin ningún cuadro.

A decir verdad, la decoración de la casa era bastante sobria. Frente a la puerta delantera unas grandes escaleras dividían la atención y en medio había un jardín de bonsáis bastante peculiar, rodeado de un estanque precioso donde nadaban peces koi. Pese a ese detalle, las paredes no conservaban ni un solo cuadro, estaban blancas, impolutas. El piso seguía al del pórtico, reluciente y limpio, al punto que me dio pena pisarlo con mis tacones viejos, los últimos que conservé, a los que les quedaba poco tiempo de vida.

Pasamos por algunas puertas cerradas, hechas de madera maciza, así como el barandal de las escaleras que subían al segundo piso, mismo que no me atreví a ver por miedo a descubrir algo raro.

La mansión me causó una fuerte impresión e, ir tras el que creí que era el mayordomo, acentuó esa sensación de estarme metiendo en la boca del lobo.

Aparte del mayordomo, no vi a nadie más. El eco de nuestros pasos resonaba en el pasillo.

Cuando llegamos a la tercera puerta del pasillo, el mayordomo se detuvo y la abrió.

―El señor Lars la está esperando ―indicó con su voz seria, carente de emoción.

Asentí e hice una media reverencia a modo de agradecimiento, algo que él imitó y luego giró sobre sus talones y se fue por donde habíamos llegado.

Un escalofrío me cruzó desde los pies y tuve que armarme de valor para atravesar la puerta.

Al ingresar, la luz que entraba por las cristaleras me deslumbró, cegándome por un instante, obligándome a entornar los párpados y fruncir el entrecejo.

Al pestañear, descubrí una estancia bastante agradable y trasparente, una oficina enorme, dos veces más grande que mi pequeño y mugroso piso. Enfrente, grandes cristaleras que iban casi desde el piso, a casi un metro del mármol, hasta el techo, enmarcadas por regletas de madera que se complementaban con las paredes del mismo material, con el mismo aire familiar y reconfortante de una cabaña de madera en medio del bosque. A mi izquierda, una gran librera eclipsaba la imponente vista de unos jardines majestuosos. Libros y libros engullían las estanterías, cuyos lomos eran bastante clásicos, parecidos a los que había en casa que pertenecían a las viejas enciclopedias de papá.

 

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