La penumbra del despacho de Dante solo estaba iluminada por la luz tenue de una lámpara de escritorio. El silencio era absoluto, roto únicamente por la respiración acompasada de Mateo, que se había quedado profundamente dormido sobre el pecho de su padre. Dante, el hombre que manejaba imperios con mano de hierro, no se atrevía a moverse. Sentía que cualquier vibración podría romper aquel milagro de cristal.
De repente, el niño se removió. Sus ojos pequeños se abrieron con pesadez, nublados po