La luz del amanecer en la mansión Vance no era una bendición, sino una disección. Se filtraba por los ventanales de la suite principal con una frialdad quirúrgica, iluminando el campo de batalla en el que se habían convertido las sábanas de seda negra. Elara se despertó con el peso de una verdad amarga en el pecho. El deseo de la noche anterior no había sido una tregua; había sido una rendición incondicional a la oscuridad.
Se giró lentamente, esperando encontrar el calor de Dante, pero el