Tras la violenta salida de Dante, el aire todavía vibraba con el eco de sus amenazas. El aroma a su tabaco caro y a ese sándalo masculino que parecía impregnar cada poro de la piel de Elara seguía allí, recordándole que, aunque él no estuviera presente físicamente, su sombra era la verdadera dueña del lugar.
Elara se acercó al ventanal, apoyando la frente contra el cristal frío. Abajo, la ciudad se extendía como un tapete de luces eléctricas, indiferente a su tragedia. Durante dos años, Dant