En la penumbra de la biblioteca, el aire se había vuelto tan denso que cada inhalación se sentía como ceniza en los pulmones. Dante la tenía acorralada contra los estantes metálicos; su cuerpo era una pared de calor abrasador, una presencia que despertaba en Elara una memoria celular que creía haber enterrado bajo capas de maquillaje y una identidad falsa. Ella deslizó sus manos por los hombros de él, sintiendo la tensión en sus músculos, buscando ese contacto que era su única moneda de cambio