El trayecto de vuelta al ático fue un ejercicio de contención absoluta. Elara se hundió en el asiento trasero del taxi, cerrando los ojos mientras intentaba, en vano, regular una respiración que parecía haberse quedado atrapada en el despacho de Dante. El olor de él —ese sándalo profundo mezclado con el acero frío de su oficina— se negaba a abandonarla; se había filtrado por sus poros, burlándose de su disfraz. Había superado la primera prueba, sí, pero el precio había sido despertar a la best