Tras el estrépito de los papeles de Seraphina contra la alfombra, el silencio que se apoderó del despacho principal fue tan denso que se podía escuchar el zumbido eléctrico del servidor central latiendo tras las paredes. Elara no se movió un solo milímetro. Permaneció frente a su escritorio de cristal, justo en la trayectoria exacta hacia la mesa de nogal de Dante, como un centinela que acababa de recuperar su puesto de guardia en una fortaleza asediada.
Ignoró a la pasante que, aterrada y