La noche que siguió a la tregua no fue un descanso, sino una vigilia armada. En la suite principal de la mansión Vance, el aire se había vuelto denso, cargado con una electricidad estática que hacía que la piel de Elara hormigueara bajo las sábanas de seda. Dante no volvió a la cama. Se mantuvo como una gárgola de sombras, recortado contra el ventanal mientras el humo de su cigarrillo dibujaba espirales pálidas que morían contra el cristal frío.
Sus ojos, dos esquirlas de grafito, no se apa