La atmósfera dentro del despacho principal de Vance Enterprises no era simplemente aire; era un campo de fuerza compuesto por sándalo, tabaco caro y una autoridad que no admitía réplicas. Elara sentía que el oxígeno pesaba, volviéndose denso y difícil de procesar. Sentada ante su escritorio de cristal, sus dedos volaban sobre el teclado en una danza frenética, aunque una punzada sorda tras sus sienes —el eco persistente del neurotóxico de Seraphina— le recordaba que su cuerpo seguía siendo un t