El silencio en la suite principal de la mansión era tan pesado que parecía tener masa física. Solo el siseo rítmico del humidificador y el pitido ocasional del tensiómetro digital rompían la calma sepulcral. Elara yacía en la inmensa cama, su figura casi desaparecida entre las sábanas de algodón. Parecía una muñeca de porcelana a la que alguien le hubiera extraído el mecanismo de cuerda; su piel, de un blanco cerúleo, resaltaba las venas azuladas de sus sienes, dándole un aspecto de fragilidad