El trayecto de regreso desde la Clínica San Judas no fue un viaje, fue un descenso asistido a los infiernos. Elara estaba hundida en el asiento de cuero del Bentley, sintiendo que el aire acondicionado, filtrado y gélido, se mezclaba con un frío mucho más antiguo que nacía en la base de sus pulmones. El rechazo de su padre —aquel "Camila" pronunciado con un horror que le había desgarrado las cuerdas vocales— había sido el clavo final en el ataúd de su identidad. Ya no quedaba rastro de la mujer