El amanecer en Sanctuary no trajo consigo el alivio de la luz, sino una transición de sombras grises. Elara despertó con el cuerpo entumecido, sintiendo el peso del aire denso que parecía filtrarse por las paredes de la villa. La bruma se enredaba en las rendijas de los ventanales de madera vieja, trayendo un aroma a pino húmedo y a tierra olvidada que se instalaba en la garganta como un nudo de ansiedad. Al intentar moverse, el roce de las sábanas de lino contra su piel le recordó las marcas