El estruendo del teléfono impactando contra el mármol de la chimenea dejó un rastro de estática persistente en los oídos de Elara, un eco metálico que sentenciaba el fin de su última conexión con el mundo exterior. El silencio que sobrevino en la villa no fue de paz, sino una pausa violenta, más cargada de peligro que cualquier grito. En la penumbra del despacho de Sanctuary, el único sonido era la respiración agitada de Dante; un ritmo animal, denso, que parecía consumir el poco oxígeno que