Capítulo 29
El alba se filtraba por los ventanales del piso cincuenta con una palidez de muerte. No había calidez en ese sol que empezaba a lamer los rascacielos de la metrópolis; solo una luz cruda que exponía las ojeras de Elara y la rigidez absoluta en los hombros de Dante. Él no había dormido. Ella lo sabía porque, en las horas de duermevela sobre el sofá de cuero, lo había observado en silencio. Dante no era un hombre que descansara; era una tormenta contenida en un traje de tres piezas, y su mirada de