El silencio en el coche de regreso a la mansión Vance era tan denso que Elara sentía que podía cortarlo con las uñas. Dante estaba sentado a su lado, pero su presencia se sentía como una tormenta contenida, una masa de energía oscura que amenazaba con estallar en cualquier momento. Él no la miraba; su mandíbula estaba tan apretada que los músculos de su cuello sobresalían como cuerdas tensas.
Elara, por su parte, mantenía las manos entrelazadas en su regazo para ocultar el temblor que recorrí