La luz fría de los halógenos en el despacho de Dante hirió los ojos de Elara, pero el dolor físico no era nada comparado con el vacío abismal que sintió en el estómago al escuchar ese nombre en labios de su captor. Dante permanecía en el umbral, recortado contra la penumbra del pasillo con la elegancia letal de un verdugo que ha esperado toda la noche para soltar la hoja de la guillotina. Su mirada, de un gris oscuro y tormentoso, bajó lentamente hacia el pequeño relicario de plata que Elara a