El espejo del vestidor devolvía la imagen de una mujer que Elara no reconocía. El vestido, una pieza de seda color sangre que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, era una elección deliberada y cruel de Dante. Él quería que ella destacara, que fuera el centro de todas las miradas condenatorias de la noche. Joyas de diamantes negros adornaban su cuello, sintiéndose como grilletes fríos contra su garganta, recordándole que cada respiración suya tenía un precio que él cobraba cada noche.