Al pie de la acera, el sedán negro aguardaba con el motor en marcha, cortando la llovizna con un ronroneo metódico. Marcus dio dos pasos al frente, desplegando un paraguas de golf para cubrirlo mientras le abría la portezuela trasera.
Dante subió al habitáculo. El silencio absoluto lo recibió como un santuario, aislando de inmediato el bullicio de la avenida.
—¿A la Place Vendôme, señor? —preguntó el chofer, incorporándose al tráfico parisino.
—Sí —respondió Dante, apoyando la espalda