El eco del motor se perdió en la oscuridad de la avenida.
Dentro de la casa, Leo se giró hacia Elara, que ya bajaba las escaleras a paso rápido.
—Estuvo aquí —dijo Leo, con su tono grave—. Dejó las cajas y se largó. Tenía los ojos inyectados en rabia al verme. La provocación de la prensa funcionó demasiado bien.
Elara asintió. El corazón le latía tan fuerte que sentía los golpes en la garganta.
Esa furia que consumía a Dante en ese mismo instante era su única oportunidad. La única g