El aire del aeropuerto JFK era un remolino de prisa, maletas arrastradas por los suelos y anuncios mecánicos que dictaban el ritmo de vidas ajenas en la tarde del jueves. Elara caminaba a paso lento por el vestíbulo de llegadas, sosteniendo a Mateo de una mano y a Amara de la otra. A su lado, Rosa avanzaba con el rostro iluminado por una mezcla de orgullo materno y un alivio que no había sentido en meses.
—¿Ya va a salir el tío Leo, mamá? —preguntó Amara, dando un pequeño salto sin soltar lo