Dante sintió que el reclamo de la mujer le golpeaba el pecho con la contundencia de una estocada certera. Al tenerla tan cerca, con el rostro empapado en llanto y respirando el mismo oxígeno viciado, el dolor en su interior estalló con una virulencia incontrolable. Su propio corazón comenzó a martillearle las costillas a un ritmo desquiciado, rebelándose con ferocidad contra la frialdad de su cerebro. Su memoria corporal reconoció la cercanía de esa piel, el aroma de su cabello húmedo, el calor