A las cuatro de la madrugada, el silencio sepulcral regresó al ala norte. Elara abrió los ojos en la penumbra de la habitación, sintiendo el peso del brazo robusto de Dante sobre su cintura y el calor de su respiración pausada contra su hombro desnudo. La lucidez regresó a su mente con la frialdad de un bisturí.
Sabía perfectamente cómo funcionaba la química cerebral tras un trauma médico y una ingesta masiva de alcohol. Mañana, cuando la luz del sol disipara la tormenta, Dante despertaría