El silencio en el despacho de Dante Vance no era de paz, sino el vacío denso y asfixiante que queda tras una ejecución. Tras la bofetada de su madre, que aún ardía en el rostro de Elara como una marca de hierro al rojo vivo, y el llanto contenido que ella intentaba sofocar, Dante se había encerrado tras las pesadas puertas de roble. Buscaba en el alcohol un anestésico que no llegaba; el whisky de malta se sentía como agua frente al incendio que rugía en sus entrañas.
Sobre su escritorio de c