El cielo sobre el mausoleo de los Vance no era azul, sino de un tono gris plomizo, denso y cargado de una electricidad estática que parecía aplastar las copas de los cipreses milenarios. El aire en el cementerio privado de la familia no circulaba; se sentía estancado, una amalgama de humedad, olvido y el perfume dulzón y asfixiante de los lirios blancos que alguien había depositado recientemente.
Elara bajó del coche blindado sintiendo que sus piernas eran de cristal fino, a punto de estalla