El despertar fue una caída libre hacia una realidad que Elara hubiera preferido olvidar entre las brumas del sueño. La luz del amanecer se filtraba por los pesados ventanales de la mansión Vance, cayendo sobre las sábanas de mil hilos con una pureza que se sentía como un insulto. Elara se movió apenas unos milímetros, sintiendo el roce de la seda contra su piel, y un gemido de pura vergüenza escapó de su garganta. El lado de la cama de Dante estaba vacío, pero el aire aún vibraba con su rastro: