El estruendo de la pesada puerta de madera al cerrarse sacudió las paredes del vestíbulo con la fuerza de una sentencia judicial. Dante Vance no se movió un solo centímetro. Se quedó allí, estático, bloqueando la única salida con su imponente y robusta figura, mientras sus ojos oscuros y abisales taladraban a Elara con una fijeza implacable que pretendía desmantelar, pieza por pieza, su resistencia. La rabia en él no explotaba en gritos vulgares; se concentraba en una frialdad peligrosa, una ma