El trayecto hacia la planta alta fue un calvario de pisadas pesadas que resonaban en la madera y una tensión insoportable que amenazaba con hacer estallar los cristales. Elara subía los escalones con el corazón acelerado, odiando con cada fibra de su ser la presencia gigante y robusta de Dante, que la seguía de cerca, como una sombra negra y omnipresente dispuesta a devorar la paz que tanto le había costado construir. Al llegar a la puerta de la sala de juegos, Elara se detuvo. Cerró los ojos