Dante Vance cruzó el umbral de la propiedad con la arrogancia de un monarca que regresa a reclamar tierras conquistadas. Sin embargo, a medida que el impacto sordo de sus zapatos de diseño resonaba en el vestíbulo, sus ojos abisales escanearon el entorno con una creciente y molesta extrañeza.
Esta no era la opulenta, fría y monumental mansión Vance donde él recordaba haber construido su imperio y su vida. Aquella fortaleza de piedra gris, pasillos lúgubres y secretos familiares asfixiantes no