El aire en la habitación principal parecía haberse consumido, dejando un vacío denso que quemaba al respirar. Dante seguía de espaldas, una estatua de músculo y resentimiento recortada contra el ventanal que mostraba una ciudad indiferente a su tragedia. Elara, ovillada sobre las sábanas de seda negra que se sentían como lava contra su piel, solo podía escuchar su propia respiración entrecortada.
—Quítatelo —repitió Dante. Su voz no era un ruego; era el chasquido de un látigo—. El uniforme, C